Durante siglos, la piel blanca, lisa y sin imperfecciones fue uno de los mayores símbolos de belleza y estatus en Europa.
Un rostro pálido indicaba que una persona no trabajaba bajo el sol y pertenecía a la aristocracia.
Para conseguir ese aspecto perfecto, muchas mujeres recurrieron a un cosmético considerado de lujo.
El problema era que estaba elaborado con uno de los metales más tóxicos conocidos por el ser humano.
Se llamaba cerusa veneciana o blanco de plomo.
Y, con el tiempo, podía destruir lentamente el cuerpo de quien la utilizaba.
El cosmético favorito de la nobleza
La cerusa comenzó a popularizarse desde el Renacimiento y alcanzó una enorme fama entre los siglos XVI y XVIII.
Fue utilizada por miembros de la nobleza y de las cortes europeas, incluida la reina Isabel I de Inglaterra, cuyo característico rostro blanco fue conseguido, en gran parte, gracias a este maquillaje.
La mezcla cubría cicatrices, manchas, arrugas y las marcas que dejaba la viruela, una enfermedad muy común en aquella época.
Su acabado era tan uniforme que durante décadas fue considerado el estándar de belleza femenina.

Un maquillaje hecho con plomo
La cerusa se fabricaba mediante un proceso químico que aprovechaba la corrosión del plomo.
Láminas de este metal se colocaban junto con vinagre en recipientes cerrados. La combinación de los vapores ácidos y el dióxido de carbono generado durante el proceso transformaba lentamente el plomo en carbonato básico de plomo, un polvo blanco extremadamente fino.
Ese polvo se mezclaba posteriormente con aceites o grasas para elaborar una pasta que podía aplicarse directamente sobre el rostro.
El resultado era espectacular.
El riesgo, invisible.
El veneno que entraba por la piel
Hoy sabemos que el plomo es un metal altamente tóxico.
Aunque la mayor parte de la intoxicación se producía por la inhalación accidental del polvo o por llevar las manos contaminadas a la boca, la exposición repetida también podía favorecer la absorción del metal a través de pequeñas lesiones de la piel.
Con el uso continuo aparecían síntomas de saturnismo, nombre que recibe la intoxicación por plomo.
Las personas podían sufrir dolores de cabeza persistentes, anemia, alteraciones neurológicas, problemas digestivos, pérdida de dientes, debilidad muscular e incluso daños en los riñones y el sistema nervioso.
En casos graves, la intoxicación podía resultar mortal.

Un círculo vicioso de belleza
La ironía era cruel.
El maquillaje ocultaba temporalmente las imperfecciones, pero el contacto prolongado con el plomo y otros ingredientes agresivos podía deteriorar la salud y, en algunos casos, afectar también el aspecto de la piel.
Cuando aparecían manchas, irritaciones o signos de envejecimiento, muchas mujeres respondían aplicando todavía más maquillaje para esconderlos.
No lo hacían porque conocieran el peligro y lo ignoraran.
Simplemente, la toxicidad del plomo aún no era comprendida como lo es hoy.
Durante siglos, nadie relacionó con claridad aquellos síntomas con el cosmético que utilizaban diariamente.
El fin de una moda peligrosa
A medida que la química y la medicina comenzaron a avanzar durante los siglos XVIII y XIX, el peligro del plomo fue haciéndose cada vez más evidente.
Poco a poco, la cerusa fue sustituida por cosméticos elaborados con ingredientes menos peligrosos.
Con el tiempo, muchos países prohibieron el uso del plomo en productos de belleza.
Hoy, las regulaciones sanitarias limitan estrictamente su presencia en cosméticos debido a los graves riesgos que representa para la salud.
La huella de un estándar extremo
La historia de la cerusa veneciana demuestra que los estándares de belleza pueden tener consecuencias inesperadas cuando se anteponen a la seguridad.
Lo que durante siglos fue considerado un símbolo de elegancia terminó siendo un ejemplo de cómo el desconocimiento científico puede convertir un producto de lujo en un peligro cotidiano.
Afortunadamente, la investigación médica permitió descubrir sus efectos antes de que siguiera cobrando más víctimas.
