En las aguas heladas del océano Ártico habita un animal que nació cuando aún se construían las grandes catedrales europeas.
Algunos ejemplares ya nadaban bajo el hielo cuando Cristóbal Colón llegó a América.
Y es posible que todavía sigan vivos.
Se trata del tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), el vertebrado con mayor esperanza de vida conocida del planeta.
Un animal tan extraordinario que ha obligado a los científicos a replantearse muchas de las ideas sobre el envejecimiento.
Un tiburón que vive durante siglos
Durante mucho tiempo nadie sospechó cuánto podía vivir esta especie.
Todo cambió en 2016, cuando un grupo de investigadores analizó el cristalino de los ojos de varios tiburones mediante una técnica de datación por radiocarbono.
Los resultados sorprendieron al mundo.
Uno de los ejemplares estudiados tenía una edad estimada cercana a 400 años, con un margen de error considerable.
Los científicos calcularon que esta especie puede alcanzar una longevidad de entre 250 y más de 400 años, y algunos modelos sugieren que ciertos individuos podrían acercarse incluso a los 500 años, aunque esto último todavía no ha podido confirmarse directamente.
Hasta la fecha, ningún otro vertebrado conocido vive tanto tiempo.

Una vida a cámara lenta
Gran parte de este extraordinario récord parece estar relacionada con su forma de vivir.
El tiburón de Groenlandia habita en aguas extremadamente frías, donde la temperatura suele mantenerse cerca del punto de congelación.
En ese ambiente, su metabolismo funciona a un ritmo muy lento.
También se mueve lentamente.
Su velocidad habitual ronda apenas 1 kilómetro por hora, lo que lo convierte en uno de los tiburones más lentos del mundo.
Además, crece aproximadamente un centímetro al año.
Ese desarrollo pausado tiene una consecuencia sorprendente.
Los científicos estiman que no alcanza la madurez sexual hasta aproximadamente los 150 años de edad.
Es decir, tarda más de un siglo en comenzar a reproducirse.
El tiburón casi ciego
Muchos tiburones de Groenlandia adultos presentan un pequeño parásito adherido a sus ojos.
Se trata del copépodo Ommatokoita elongata, que suele fijarse sobre la córnea.
En algunos individuos puede afectar seriamente la visión e incluso causar ceguera parcial o total.
Sin embargo, los investigadores creen que esto no representa un gran problema para la especie.
En las profundidades donde vive apenas existe luz.
En cambio, el tiburón posee un olfato extraordinariamente desarrollado que le permite localizar alimento a grandes distancias.

¿Cómo caza si se mueve tan despacio?
Durante años esta fue una de las grandes incógnitas.
¿Cómo puede un tiburón tan lento alimentarse de focas, animales mucho más rápidos?
Algunos científicos creen que aprovecha el sueño de las focas, que descansan cerca de la superficie o bajo el hielo y pueden ser sorprendidas por el depredador.
Otros estudios sugieren que también consume una gran cantidad de carroña.
En el estómago de ejemplares capturados se han encontrado restos de peces, calamares, renos, osos polares e incluso fragmentos de ballenas.
Probablemente combine la caza ocasional con el oportunismo, alimentándose de animales muertos que llegan al fondo marino.
Un laboratorio viviente para estudiar el envejecimiento
La extraordinaria longevidad del tiburón de Groenlandia ha despertado un enorme interés científico.
Los investigadores intentan comprender cómo consigue mantener sus tejidos funcionales durante siglos y qué mecanismos celulares ralentizan su envejecimiento.
Aunque todavía quedan muchas preguntas sin responder, estudiar esta especie podría aportar información útil para entender mejor enfermedades relacionadas con la edad y los procesos naturales de reparación del organismo.
No significa que exista un "gen de la inmortalidad".
Pero sí demuestra que la naturaleza ha desarrollado estrategias biológicas que aún estamos muy lejos de comprender por completo.
La estrategia de la paciencia
El tiburón de Groenlandia es un recordatorio de que la evolución no siempre recompensa la velocidad.
Mientras muchas especies viven deprisa y mueren jóvenes, este gigantesco habitante del Ártico ha seguido una estrategia completamente distinta.
Crecer lentamente.
Moverse despacio.
Consumir poca energía.
Y convertir el paso del tiempo en su mayor aliado.
Quizá el vertebrado más longevo del planeta no desafía al tiempo.
Simplemente, ha aprendido a vivir a un ritmo que el tiempo apenas puede alcanzar.
